Al
terminarse la última clase a las 2:45 p.m. rápidamente alisté mi maleta y me
dirigí al comedor para organizar las decoraciones que hacían falta (la
cortina de papel y las flores en las mesas) después de esto listo y de la
indicación del asesor Javier Junca me dirigí junto con otros compañeros de
logística a un salón de la sección de primaria para tomar un abuelito y guiarlo
desde donde se encontraba hasta el lugar del evento, y una vez allí asignarle
un asiento. Al abuelito que guie hasta su silla y con el que compartí toda la
tarde se llama Daniel Bernal, quien con 86 años de edad no demostraba para
nada el peso de los años. Mientras que las presentaciones de los grupos
tomaban lugar hacíamos comentarios sobre las mismas y me contaba poco a poco
acerca de su vida, me comentó que solía sufrir de cáncer en los huesos pero
que después de una serie de tratamientos en una clínica de cancerología logró
superar esta adversidad y que ahora le tocaba estar juicioso tomando
medicamentos para prevenir un segundo ataque. Al instante en el que acabaron
las presentaciones y era el momento preciso de hacer una verdadera
conversación se nos unió Juan Sebastián Acevedo, uno de los estudiantes
encargados de la presentación del baile, y entonces salimos los tres a dar
una vuelta por el colegio mientras que Daniel nos narraba sus experiencias y
recuerdos. Dani nos contaba que quedó huérfano de madre y padre a los tres
años de edad y que le tocaba soportar los abusos de algunos de sus hermanos
mayores. También nos comentó que cursó hasta el quinto de primaria porque le
tocaba ayudar a mantener a la familia, que luego trabajó como obrero en varias
obras de construcción y que finalmente se casó con una mujer que vivía cerca
de su casa, tuvo solo una hija y después se internó en el geriátrico. Nos
contaba que hubiera deseado tener más estudios porque “lo único que uno tiene
en la vida es el conocimiento, eso es lo único que nos llevamos a la tumba
junto con las experiencias”. Después le pregunté qué era lo que hacía en el
hogar geriátrico para pasar el rato y me dejó sorprendida que con su edad
hiciera tantas cosas; era experto en computación, en dibujo, tocaba el
tambor, la guitarra y las maracas para el coro del lugar y también ayudaba a
otros abuelos que ya no podían cortar o dibujar a hacerlo. Daniel es
verdaderamente una persona muy especial llena de conocimientos y tiene un
carácter muy lindo, no es malgeniado o al menos no lo estuvo conmigo, sin más
bien se mostró amable y como un amigo cercano. Dándome consejos y narrándome
muchas más historias de vida, el realmente se sentía especial e importante en
ese momento, y al percibir esto mi alma de una manera u otra se regocijaba
por dentro porque sabía que había logrado con mi propósito.
Compartir
con Daniel no solo trajo un momento de felicidad, sino que también aportó
significativamente a mi visión de la vida, logró cambiar mi cosmovisión acerca
de la existencia. Me entró una nostalgia y me di cuenta de que la vida es
mucho más de lo que pensaba y que en menos de nada se desvanece ante nuestros
ojos, entonces caí en cuenta de que lo ideal es vivir al máximo para
construir recuerdos buenos de los que algún día daré testimonio tal como
Daniel lo hacía conmigo. En un momento
en el que nos paseábamos por el prado, él me narraba como conoció a su primer
amor y me pareció verme a mí misma en su rostro, como sabiendo que estaré un
día en sus zapatos, entonces empecé a entender la importancia de los abuelos
y la trascendencia que ellos tienen, me di cuenta de que a veces no les damos
la importancia que se merecen, que no les demostramos lo especiales que son y
no los escuchamos como deberíamos, lo cual a veces a ellos les hace sentir
mal. Repentinamente sentí que debía llamar a mis abuelos y decirle lo
importantes que son, lo cual efectivamente hice después de acabada la
ceremonia, recuerdo que ellos quedaron sorprendidos cuando por teléfono les
manifestaba que los amaba mucho y que lo quería tener más cerca, pude sentir
la felicidad y lo especiales que se sentían, y eso me llenó aún más.
Entendí
a partir de una experiencia de Daniel que hay que apreciar los detalles de la
vida, que la felicidad a veces está ahí, en los detalles y que hay que saber
valorarlos. A los detalles anteriores me refiero a la briza en medio de un
día soleado, de la fragancia de un buen perfume, de un abrazo con familiares,
de una comida entre amigos y muchas cosas más.
Daniel
me motivó con mis estudios, él decía que “lo primordial en esta vida es
educarse, ya después con el conocimiento vienen otras cosas como el dinero y
los lujos”. Lo anterior es totalmente cierto, pues como el antes decía el
conocimiento es lo único que nos sirve en verdad, ya después vendrán cosas
con el karma y el orden de las cosas, como la “recompensa” por el arduo
trabajo.
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